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El momento más caro de un taller no es cuando se rompe una herramienta. Es cuando el cliente llega a buscar el vehículo y la cuenta no es la que él tenía en la cabeza. Ahí se pierde el margen, se pierde media hora de discusión y a veces se pierde el cliente.
Casi siempre el taller tiene razón: el trabajo se hizo y las piezas se pusieron. Lo que falta no es el trabajo, es la constancia de que el cliente dijo que sí antes de que empezara.
Presupuesto y autorización son dos cosas
El presupuesto es lo que el taller propone. La autorización es lo que el cliente acepta. Se parecen tanto que muchos talleres los tratan como uno solo, y por eso el segundo casi nunca queda escrito.
Separarlos cuesta poco y cambia la conversación del final. El presupuesto lleva las líneas, los precios y una fecha. La autorización lleva quién dijo que sí, por qué medio y a qué hora.
El trabajo que aparece después
Ningún presupuesto de taller sobrevive intacto al desarmado. Aparece una pieza gastada que no se veía, o el problema resulta ser otro. Eso no es un fallo del presupuesto: es el oficio.
Lo que sí es un fallo es resolverlo por dentro. Cuando aparece trabajo nuevo, se cotiza aparte y se vuelve a autorizar. Una llamada de dos minutos hoy vale más que una discusión de treinta el viernes.
- Cotiza lo nuevo como líneas nuevas, no cambiando las viejas.
- Anota la hora de la llamada y el nombre de quien autorizó.
- Si el cliente dice que no, esa negativa también se anota: explica por qué el vehículo se entrega como se entrega.
Cerrar donde se abrió
La entrega es el mismo documento leído al revés: esto pediste, esto encontramos, esto autorizaste, esto se hizo, esto cuesta. Cuando las cinco líneas están en el mismo lugar, la entrega dura lo que dura cobrar.
Es la misma secuencia que lleva una orden de trabajo bien escrita, y es la que ioSoft Taller trae armada desde el primer día, con los anticipos y el saldo anotados por orden.